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Creado: miércoles, 25 de octubre del 2023 | 06:08 PM

La palabra de Raúl Ponce

Llegaba una tormenta a la ciudad/río de Gualeguay (obvio, dentro de la abismal gran tormenta gran de estos años) en el final de la tarde. Fue el tiempo de entrar en contacto con la palabra y la esencia humana del músico Rául Ponce. Siempre lo señalo: suertes mías las que dicen de la felicidad de haber escuchado, charlado, con ciertas personas que simplemente cuentan sus maneras, su encuentro con una identidad acuñada para toda la vida. Es el caso de Raúl Ponce, que fue trabajador rural, operador de radio, carpintero, maestro, y mientras fue tantos era siempre uno: Raúl Ponce, músico, desde que tiene memoria. Raúl es hombre tranquilo, habla pausado, amigo de los silencios, piensa, busca las palabras, hace memoria entre mate y mate. Ponce está a salvo de cualquier desbarranque del ego. Cada vez que lo vi sobre un escenario, pidió permiso con su andar y agradeció la oportunidad. Un hombre de perfil bajo que se mueve a conciencia, lejano a conveniencias, fiel a sí mismo. Aquí algunas notas de su memoria.

Los primeros movimientos: “Nacido (1961) y malcriado en Gualeguay. Me crié en la ciudad hasta los 14/15 años, después me mudé a una zona de chacras -con lugares donde aún había monte- con mi hermana; nos apartamos del vínculo con nuestros padres. Yo era un muchacho de ciudad, el cambio fue terrible. Tuve un período de adaptación que me gustó y fui aprendiendo muchas tareas rurales. Ya en esa época había entrado a la familia, como mi cuñado, el payador Adolfo Cosso. Fue, cuando tenía unos 10 años, el que me pasó los primeros acordes para la guitarra. Mi pasión por la guitarra venía de muy chiquito. Me contaron que cuando tenía 4 andaba con un guitarra de mi papá, que era medio guitarrero. Conocer a Adolfo me maravilló. Me transmitió los conocimientos básicos para poder tocar. En la ciudad había tenido un maestro durante 2 años, don Julio Madera; mi entusiasmo era tal que lo tenía a mal llevar; y por cuenta propia dejé de ir porque me aburría. Todo lo que escuchaba trataba de copiarlo, de sacarlo. Con el tiempo me entusiasmó la gente que venía a visitar a Adolfo: payadores, guitarreros; ahí conocí, siendo él también muy joven, a Hugo Duraczek, un virtuoso de la guitarra. Tenemos una gran amistad. Yo copiaba mucho de él, y con el tiempo fui encausándome y tratando de no imitar. Cuando Hugo se fue a vivir al sur, lo extrañé un montonazo”.

Aquellos que andan con la intención de entrarle al mundo del arte de la mano de uno de los bellos oficios, guardan fotos en la memoria. Raúl guarda tres: “Me contaban que yo era muy chico cuando, con una guitarra de mi padre, me arrodillaba en la cama y tocaba; yo no lo recuerdo, pero sí recuerdo a mi padre haciendo un par de acordes. Recuerdo la costumbre de escuchar mucha radio en mi casa: desde aquella época sonaba ‘Estrellita sureña’ de Víctor Velásquez, Yupanqui, Falú, a principios de los 70. Y recuerdo que llegado Hugo a la familia, por amistad, lo veía como a un ídolo; su presencia fue muy fuerte, y hacía cosas de Falú y Yupanqui. Estas tres cosas tengo grabadas como a fuego”.

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